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“A new literary sub-genre is being born today, while you nap at your desk. It features larger-than-life, and often comical, characters having bizarro adventures after the end of the world. Call it “post-apocalyptic picaresque.”
Novels That Put The Fun Back Into The Post-Apocalypse

Parece que no todo el mundo opina que el género apocalíptico no se destruye, sólo se transforma. Porque no es lo mismo ¿o sí?
Por otro lado, la picaresca postapocalíptica de la que hablan existe al menos desde que Don Johnson y el perro telépata hicieron dúo cómico en esta película allá por 1985.

“A new literary sub-genre is being born today, while you nap at your desk. It features larger-than-life, and often comical, characters having bizarro adventures after the end of the world. Call it “post-apocalyptic picaresque.”

Novels That Put The Fun Back Into The Post-Apocalypse

Parece que no todo el mundo opina que el género apocalíptico no se destruye, sólo se transforma. Porque no es lo mismo ¿o sí?

Por otro lado, la picaresca postapocalíptica de la que hablan existe al menos desde que Don Johnson y el perro telépata hicieron dúo cómico en esta película allá por 1985.

Paul Auster (también) se zambulle en la distopía

August Brill, a retired book critic who has moved in with his divorced daughter and adult granddaughter, deals with his chronic insomnia one night by making up a story about an ordinary man thrust into a parallel reality, one in which America is embroiled in a civil war brought about by the disputed presidential election of 2000. Brill names his character Owen Brick, and he begins Owen’s story by having him wake up in a deep pit wearing a soldier’s uniform. After being rescued by another soldier, the befuddled Brick learns that he has an important mission: He is to travel to Vermont and assassinate a man named August Brill, who has recklessly invented this crumbling, war-torn alternative America using nothing but his insomniac’s imagination.

Jeff Turrentine de The Washington Post resume Man in the Dark, la última novela de Paul Auster ambientada en una guerra civil que asola Norteamérica tras la elección de Bush en el año 2000.

McCarthy overload

The Road, by Cormac McCarthyLa Carretera, ese libro del que ya he hablado por aquí, está en las librerías españolas desde el pasado 7 de Septiembre por cortesía de Mondadori. La traducción, por cierto, apesta.

Se supone que al traducir del inglés hay que conseguir que suene a castellano. Ya saben, como si jamás se hubiese escrito en otro idioma. No es el caso y me molesta sobremanera. También me molesta que no haya dibujos, aunque tiendo a pensar que eso es problema mío.

Posiblemente surja cierto bombardeo mediático de libro, autor y película. El universo McCarthy se ha estado moviendo: los Hermanos Coen dirigirán No Country for Old Men (starring Javier Bardem) y Ridley Scott tiene los derechos de Blood Meridian. Los temas recurrentes de McCarthy son negativos y extremadamente cinematográficos: gente asilvestrada, violencia extrema, la frontera de Méjico, polvo, sangre, dientes rechinando. El trailer de la primera me pone especialmente cachondo.

En cuanto a The Road, está en manos de John Hillcoat y eso son buenas noticias. No sé si han visto The Proposition, su película-currículum: un western australiano con guión de Nick Cave tan descarnado como su música, rodado con dos huevos y mucha elegancia que recomiendo encarecidamente. Viggo Mortensen está en tratos con la productora para el papel principal, lo que habiendo visto Una Historia de Violencia no me parece mal. Veremos.

La Carretera

The Road, by Cormac McCarthyLa mayor parte de las veces contemplo el apocalipsis con el regocijo de quien se encuentra su videoclip jebi favorito en VH1. “Eh, mira, el apocalipsis. Qué divertido, vamos a verlo un rato!”

Siendo un género que a menudo se manifiesta bajo los formatos más frívolos, y al igual que el chocolate, el sexo y la carne cruda, el sistema nos empuja a disfrutarlo a lo loco y sin pensar. Al cabo del tiempo uno pierde la sensibilidad. Después de todo, es un poco como de aventuras: un nuevo comienzo, tiendas vacías para ser saqueadas, armas para todo el mundo. Y todo ese óxido y decadencia tan gratos a nuestros ojos.

Sin duda, la cosa mola.

Pero no es verdad. La industria ha despojado al apocalipsis de sus valores fundamentales, y lo ha aguado para acomodarlo al insensato paladar de las masas. ¡Se trata del fin de la humanidad, por el amor de Dios! No debería entretener sino ser temido. Yo mismo acariciaba la idea del colapso de la civilización con algo que se parece al cariño. Y hasta hace relativamente poco, las visiones que proyectaba se parecían más a una escena de Mad Max que a Hiroshima’45. Ni siquiera Children of Men, que comparada con, pongamos, 28 Días Después convierte a esta en un episodio de Alvin y las Ardillas, consiguió transmitirme lo necesario para temer y respetar la forma de lo que está por venir.

La novela que me puso en mi sitio fue The Road. Un libro que habla del Apocalipsis. No de este, ni de aquel, ni del apocalipsis de más allá. Me refiero al final de todo. Al final del mundo, de las personas, de la esperanza, de la naturaleza;al final de los colores y del significado de las cosas y de las palabras que les dan nombre y al inicio de la más absoluta de las entropías.

Me topé con The Road a través de alguno de mis tuneados feeds de noticias allá por Febrero. La novela acababa de ganar el Pulitzer, y sólo por lo exótico -no es que el género cotice demasiado alto en las esferas de la crítica- me llamó la atención. Al no haber una edición española, acabé dando con un PDF de la versión inglesa que procedí a imprimir en cómodos folios con clip. Y durante quince días, quince, diccionario en mano, permanecí pegado a ellos cual polilla a un flexo.

No es mi intención hacer crítica literaria Qué demonios. Es difícil de leer. Es largo. Puede llegar a ser pedante. Pero créanme, todo eso da lo mismo porque es una jodida maravilla. El punto de partida: un padre, un hijo, una pistola con dos balas y la carretera. Lo que sigue a partir de aquí es un recorrido descarnado y alucinante por una Norteamérica muerta. Sin ser una narración cinematográfica, quien aprecie las road movies, el cine de Michael Haneke o un cómic tan referencial como El Lobo y Su Cachorro encontrará elementos afines. Pero lo cierto es que nada que haya leído antes se parece a esto.

Me convertí en uno más del viaje. La inmersión en el horror era tal que cada madrugada con el libro entre las manos se convertía en una batalla perdida por el sueño. Mi imaginación reaccionaba a cada nuevo párrafo haciendo que algo se me agarrase a la base de mi estómago y me obligaba a reconsiderar horripilantes nuevas posibilidades que nunca se me habían ocurrido. Los pasajes más horribles de mi lectura resultaban ser los más verosímiles. Y finalmente salí de su nube de ceniza gris con los órganos secos como ciruelas pasas y una renovada visión del fin de los tiempos.

Cormac McCarthy tiene 84 años, dicen que es el Faulkner de nuestro tiempo, es de Providence, Rhode Island -n’gaï- y sólo ha concedido dos entrevistas en su carrera de cuatro décadas, una de ellas hace dos semanas en el programa de Oprah Winfrey. Si la encuentran por ahí, avisen.

The Road conocerá una traducción al castellano en Septiembre de este año de la mano de Mondadori. Están advertidos. No pierdan el tiempo.